EL
ANTICRISTO

Maldición sobre el cristianismo.

Friedrich Nietzsche.
1888.



Leipzig 1895.
Editorial de C. G. Naumann.
(Primera edición)


Lima.
Gustavo A. Laime Mitma.
(Traducción en proceso)

Prefacio.

Este libro pertenece a los más pocos. Tal vez incluso aún no viva ninguno de ellos. Éstos son los que podrían entender mi Zaratustra: ¿cómo me sería lícito confundirme con esos para quienes hoy se presta atención? — Solo el pasado mañana me pertenece. Algunos nacen de forma póstuma.

Las condiciones bajo las cuales se me entiende y se me entiende luego por necesidad, las conozco demasiado bien. Hay que ser honesto hasta la dureza en las cosas del espíritu para simplemente soportar mi seriedad, mi pasión. Hay que estar entrenado en vivir sobre montañas — y en ver por debajo de sí el miserable parloteo de la época acerca de política y del egoísmo de los pueblos. Hay que volverse indiferente, no hay que preguntar nunca si la verdad favorece o si se torna en fatalidad para uno… Una predilección de la fuerza por preguntas para las que hoy nadie tiene valor, el valor para lo prohibido, la predestinación al laberinto. Una experiencia hecha de siete soledades. Oídos nuevos para una música nueva. Ojos nuevos para las cosas más lejanas. Una conciencia nueva para verdades permanecidas hasta ahora mudas. Y la voluntad de economía en gran estilo: mantener reunida la propia fuerza, el propio entusiasmo… El respeto a sí mismo; el amor hacia sí mismo, la absoluta libertad para consigo mismo.

¡Pues bien! Solo ésos son mis lectores, mis verdaderos lectores, mis lectores predestinados: ¿qué importa el resto? — El resto es meramente la humanidad. — Hay que ser superior a la humanidad por fuerza, por altura de alma, — por desprecio…

Friedrich Nietzsche.

1.

— Mirémonos a la cara. Somos hiperbóreos, — y sabemos bastante bien cuán aparte vivimos. »Ni por tierra ni por mar encontrarás el camino hacia los hiperbóreos«: ya Píndaro sabía esto de nosotros. Más allá del norte, del hielo, de la muerte — se halla nuestra vida, nuestra felicidad… Nosotros descubrimos la felicidad, sabemos el camino, hemos encontrado la salida de milenios enteros de laberinto. ¿Quién más la ha encontrado? — ¿Acaso el hombre moderno? »Yo no sé salir ni entrar; yo soy todo eso que no sabe ni salir ni entrar« — suspira el hombre moderno… De esa modernidad hemos estado enfermos, — de la paz pútrida, del compromiso cobarde, de toda la virtuosidad impura del sí y no modernos. Esa tolerancia y largeur de corazón, que lo »perdona« todo porque lo »comprende« todo, es para nosotros siroco. ¡Preferible vivir en medio del hielo que entre las virtudes modernas y otros vientos del sur!… Fuimos lo bastante valerosos, no fuimos indulgentes con nosotros ni con los demás: pero durante largo tiempo no sabíamos adónde ir con nuestra valentía. Nos volvimos sombríos, se nos llamó fatalistas. Nuestro fatum — era la plenitud, la tensión, la estancación de las fuerzas. Estábamos sedientos de rayo y de acciones, permanecimos lo más lejos posible de la felicidad de los débiles, de la »resignación«… En nuestro aire había una tempestad, la naturaleza que nosotros somos se entenebrecía — pues no teníamos ningún camino. Fórmula de nuestra felicidad: un sí, un no, un línea recta, una meta

2.

¿Qué es bueno? — Todo lo que eleva la sensación de poder, la voluntad de poder, el poder mismo en el hombre.

¿Qué es malo? — Todo lo que procede de la debilidad.

¿Qué es felicidad? — La sensación de que el poder crece, de que una resistencia es superada.

No contentamiento, sino más poder; no paz ante todo, sino guerra; no virtud, sino aptitud (virtud al estilo del Renacimiento, virtú, virtud libre de moralina).

Los débiles y malogrados deben perecer: artículo primero de nuestro amor a los hombres. Y se debe todavía ayudarlos a eso.

¿Qué es más dañino que cualquier vicio? — La compasión activa con todos los malogrados y débiles — el cristianismo…

3.

No lo que ha de suplir al hombre en la sucesión de los seres es el problema que yo planteo aquí (— el hombre constituye un final —): sino qué tipo de hombre es el que se ha de criar, el que se ha de querer, como el de valía más alta, más digno de vivir, más seguro de un futuro.

Ese tipo, de una valía más alta, ya ha existido con suficiente frecuencia: pero como un caso afortunado, como una excepción, nunca como algo querido. Antes bien, fue él precisamente a quien más se temió, él fue hasta ahora casi lo temible; — y por temor se quiso, se crió, se alcanzó el tipo inverso: el animal doméstico, el animal de rebaño, el animal enfermo hombre, — el cristiano.

4.

La humanidad no representa un desarrollo hacia algo mejor o más fuerte o más elevado en el modo en que hoy se cree esto. El »progreso« es meramente una idea moderna, es decir, una idea falsa. El europeo de hoy sigue estando, en su valor, profundamente por debajo del europeo del Renacimiento; un desarrollo evolutivo no es sin más, por una necesidad cualquiera, elevación, incremento o fortalecimiento.

En otro sentido, en los lugares más diversos de la tierra y desde las culturas más diversas, hay un logro continuo de casos individuales con los que efectivamente un tipo superior hace presentación de sí mismo: algo que, en relación con el conjunto de la humanidad, es una especie de suprahombre. Tales casos afortunados de gran logro siempre fueron posibles y tal vez serán posibles siempre. E incluso generaciones, estirpes y pueblos enteros pueden representar, en ciertas circunstancias, tal golpe de suerte.

5.

Pendiente de traducción.

[Ley]

Ley contra el cristianismo.


Dada en el día de la salvación, el primer día del año uno (— el 30 de septiembre de 1888 de la falsa cronología).


Guerra a muerte contra el vicio: el vicio es el cristianismo.


Artículo primero.— Viciosa es toda especie de contranaturaleza. La especie más viciosa de hombre es el sacerdote. Él enseña la contranaturaleza. Contra el sacerdote, no se tienen razones, se tiene el presidio.


Artículo segundo.— Toda participación en un servicio divino es un atentado contra la moralidad pública. Se será más duro contra los protestantes que contra los católicos, más duro contra los protestantes liberales que contra los ortodoxos. Lo que hay de criminal en el ser-cristiano aumenta en la medida en que uno se aproxima a la ciencia. El criminal de los criminales es, por consiguiente, el filósofo.


Artículo tercero.— El abominable sitio en que el cristianismo ha incubado sus huevos de basilisco ha de ser arrasado, y como lugar infame de la tierra, habrá de ser el horror de toda la posteridad. En él se han de criar serpientes venenosas.


Artículo cuarto.— La predicación de la castidad es una incitación pública a la contranaturaleza. Todo desprecio de la vida sexual, toda impurificación de la misma con el concepto de »impuro« es el verdadero pecado contra el espíritu santo de la vida.


Artículo quinto.— Comer con un sacerdote en la misma mesa hace quedar a uno expulsado: con ello uno se excomulga a sí mismo de la sociedad honesta. El sacerdote es nuestro chándala, — se le proscribirá, se le hará morir de hambre, se lo echará a toda especie de desierto.


Artículo sexto.— A la historia »sagrada« se la llamará con el nombre que merece, historia maldita; las palabras »Dios«, »salvador«, »redentor«, »santo« se las utilizará como insultos, como divisas para los criminales.


Artículo séptimo.— El resto se deduce de aquí.


El Anticristo