LA CIENCIA ALEGRE

(»la gaya scienza«)

De
Friedrich Nietzsche.

Habito en mi propia casa,
Nunca a nadie he imitado nada
Y — me reí incluso de todo maestro
Que de sí mismo no se ha reído.

Sobre la puerta de mi casa.

Nueva edición
con un apéndice:
Las canciones del príncipe Vogelfrei.



Leipzig 1887.
Editorial de E. W. Fritzsch.


Lima.
Gustavo A. Laime Mitma.
(Traducción)

»Para los poetas y los sabios todas las cosas son
amigas y están consagradas, toda vivencia es útil,
todo día sagrado, todo ser humano divino.«

Emerson.

[Motto de la edición de 1882]

Habito en mi propia casa,
Nunca a nadie he imitado nada
Y — me reí incluso de todo maestro
Que de sí mismo no se ha reído.

Sobre la puerta de mi casa.

[Motto de la edición de 1887]

2.

3.

4.

29.

Egoísmo de estrellas.

Si no rodase cual redondo tonel

Alrededor de mí mismo sin cesar,

¿Cómo soportaría, sin que arda yo,

Correr tras el ardiente sol?

63.

Moral de estrellas.

Predestinada a la órbita de las estrellas,

¿Qué te importa a ti, estrella, la oscuridad?


¡Atraviesa, rotando dichosa, esta época!

¡Sea su miseria, para ti, extraña y lejana!


Al mundo más lejano pertenece tu brillo:

¡Debe la compasión ser pecado para ti!


Para ti vale sólo un mandamiento: ¡ser pura!

270.

¿Qué dice tu conciencia? — »Debes llegar a ser el que eres«

277.

Providencia personal — Existe un cierto punto en la vida: cuando hemos alcanzado éste, aun con toda nuestra libertad y por mucho que le hayamos negado al bello caos de la existencia toda razón y bondad cuidadoras, estaremos una vez más en el más grande peligro de la falta de libertad espiritual, y habremos de dar la prueba más difícil. Pues solo ahora se pone ante nosotros el pensamiento de la providencia personal con la fuerza más insistente y tiene para sí al mejor portavoz, lo evidente, ahora cuando con las manos captamos que todas, todas las cosas que nos suceden siempre significan lo mejor para nosotros. El vivir de cada día y de cada hora no parece querer otra cosa más que demostrar de nuevo esa frase; sea lo que sea, un mal clima como uno bueno, la pérdida de un amigo, una enfermedad, una calumnia, la carta que no llegó, la torcedura de un pie, una mirada en una tienda, un contraargumento, el abrir un libro, un sueño, un engaño: esto se demuestra enseguida o muy poco después como una cosa que no »podía faltar«, — ¡está lleno de un profundo significado y utilidad precisamente para nosotros! ¿Existe acaso una seducción más peligrosa de renunciar a creer en los dioses de Epicuro, esos despreocupados desconocidos, y de creer en alguna preocupada y minuciosa divinidad que conoce personalmente hasta cada cabello de nuestra cabeza y no ve asco alguno en el servicio más lamentable? Ahora bien, — yo opino ¡pese a todo ello! que queremos dejar tranquilos a los dioses y asimismo a los genios serviciales, y contentarnos con el supuesto de que nuestra propia habilidad práctica y teórica en el interpretar y ordenar los acontecimientos ha llegado ahora a su punto más alto. Tampoco queremos pensar demasiado bien de esta destreza de nuestra sabiduría cuando de vez en cuando nos sorprende la maravillosa armonía que surge al tocar nuestros instrumentos: una armonía que suena demasiado bien como para arriesgarnos a adjudicarla a nosotros mismos. De hecho, aquí y allá hay uno que toca con nosotros — el querido azar: él nos conduce en ocasiones la mano, y ni la providencia más sabia de todas podría idear música más bella que la que nuestra tonta mano logra entonces.

279.

Amistad de estrellas —Éramos amigos y nos hemos vuelto extraños. Pero está bien que así sea, y no queremos ocultarlo ni disimularlo como si tuviésemos que avergonzarnos de ello. Somos dos barcos, cada uno de los cuales tiene su meta y su rumbo; bien podemos cruzarnos y festejar juntos una fiesta, como lo hemos hecho, — y entonces yacían los bravos barcos tan tranquilos en un solo puerto y bajo un solo sol, que parecía que hubiesen estado ya en la meta y tenido una misma meta. Pero entonces la fuerza todopoderosa de nuestras tareas nos volvió a alejar impulsándonos hacia diferentes mares y regiones del sol, y quizás nunca nos volvamos a ver, — quizás incluso nos veamos, pero sin reconocernos: ¡los diferentes mares y soles nos habrán cambiado! Que tengamos que volvernos extraños, es la ley que está sobre nosotros: ¡es por eso que nos hemos de respetar más! ¡es por eso que ha de volverse más sagrado el recuerdo de nuestra antigua amistad! Hay probablemente una inmensa e invisible curva y órbita de estrellas, en la que nuestras rutas y metas tan diferentes puedan estar incluidas como pequeños tramos, — ¡elevémonos a este pensamiento! Pero nuestra vida es demasiado corta y nuestra vista demasiado débil, como para que pudiésemos ser más que amigos en el sentido de aquella posibilidad sublime. — Y es así como queremos creer en nuestra amistad de estrellas, aun cuando tuviésemos que ser enemigos en la tierra.

342.

Incipit tragoedia. — Cuando Zaratustra tuvo treinta años, abandonó su patria y el lago Urmi y fue a las montañas. Allí gozó de su espíritu y de su soledad y por diez años no se cansó de ello. Pero finalmente su corazón se transformó, — y una mañana se levantó con la aurora, se paró ante el sol y le habló así: »¡Tú gran astro! ¡Qué sería de tu felicidad si no tuvieses a aquellos a quienes iluminas! Por diez años viniste subiendo hasta mi caverna: de tu luz y de este camino te habrías hartado, sin mí, mi águila y mi serpiente; pero nosotros te aguardábamos cada mañana, te tomábamos tu sobreabundancia y te bendecíamos por ello. ¡Mira! Estoy hastiado de mi sabiduría, como la abeja que demasiada miel ha recogido, requiero de manos que se extiendan. Quisiera regalar y repartir, hasta que los sabios entre los hombres hayan vuelto a alegrarse de sus tonterías, y los pobres, de sus riquezas. Para ello tengo que descender a la profundidad, como haces tú al atardecer, cuando vas por detrás del mar llevando luz incluso al submundo, ¡astro suprarico! — tengo, al igual que tú, que ir a mi ocaso, como lo llaman los hombres a quienes quiero bajar. ¡Así pues, bendíceme, calmado ojo, que puedes ver sin envidia incluso una felicidad demasiado grande! ¡Bendice la copa que quiere derramarse para que el agua de oro fluya de ella y lleve a todas partes el reflejo de tu deleite! ¡Mira! Esta copa quiere volver a tornarse vacía, y Zaratustra quiere volver a tornarse hombre«. — Así comenzó el ocaso de Zaratustra.